25 de Abril 2007

NEW YORK, NEW YORK (I)

New York

Si Lisboa me encandiló como una bonita y melancólica melodía, New York me enganchó como una droga dura. Resulta difícil imaginar un lugar más absorbente. La Gran Manzana contiene todos los ambientes concebibles por el hombre y siempre te sorprende con algo nuevo (bueno o malo) a la vuelta de cada esquina. Lo más estimulante es esa sensación, los que hayáis ido lo sabréis, de estar viviendo una película a cada paso que das (topicazo, sí, ¡¡pero totalmente cierto!! Y a quien no le gusten los topicazos mejor que no siga leyendo, pues me temo que este post va a estar lleno de ellos. Todos los tópicos de New York son ciertos, y otras muchas cosas también). A continuación intentaré pintar un pequeño retrato lo más fiel posible de esta fascinante, entusiasmante, bulliciosa, barroca, sobrehumana, inhumana, incluso humana, alienante, aterradora, alucinógena, adictiva, evocadora, rabiosamente moderna, profundamente decadente, y a la postre hermosa ciudad... pero no garantizo nada :)

Antes de empezar, capítulo de agradecimientos: a Rosalía, a Rosalía y a Rosalía. Este viaje fue idea suya y ella sola se curró todos los preparativos, billetes de avión, alojamiento, información, tickets varios, etc., mientras yo me limitaba a decir visitaremos esto y aquello. La pobre siempre preocupándose por todo y yo como un crío en Disneylandia... En fin, qué puedo decir. Gracias, maravillosa.

Bueno, empecemos por el principio:

New York
Viernes 6 de abril. Aquí me tenéis, ardiendo de impaciencia, mirando por la ventanilla del avión mientras éste inicia el descenso hacia el aeropuerto de Newark (New Jersey). Y esto es lo que veo:

New York
Millones de casitas unifamiliares dispuestas en perfecta e inacabable cuadrícula. La típica urbanización norteamericana extendiéndose hasta donde alcanza la vista: un paisaje más bien feo. Realmente, New Jersey no parece gran cosa, que me perdonen Kevin Smith y Bruce Springsteen. Aterrizamos en Newark a eso de las dos del mediodía (hora local), pasamos el control de inmigración (un policía chino bastante borde nos hizo una foto a cada uno, nos tomó las huellas y nos preguntó de qué trabajábamos, todo ello con muy poca cortesía) y tomamos un autobús hacia Manhattan, cruzando el río Hudson por el túnel Lincoln... y en cuanto el vehículo salió a Manhattan, por la calle 42... wow. Puro cine. Te crees que en cualquier momento vas a ver a Serpico pasando por ahí. Éstas fueron mis primeras impresiones de la isla (fotos tomadas desde el autobús):

New York

New York

New York

Después de este primer shock visual, el bus nos deja en Bryant Park. Aquí lo tenéis:

New York
Un parque bastante bonito, como podéis ver, aunque en ese momento no estábamos aún para admirar el paisaje, porque andábamos con las pesadas maletas y teníamos que reunirnos con la persona que nos alquilaba su apartamento, un joven y amable neoyorkino llamado John con quien habíamos contactado por internet. Le llamamos por el móvil para decirle que ya estábamos en Manhattan y nos suelta: "¡Benvinguts!" ¡En catalán! Con eso ya se ganó nuestra amistad eterna. Nos esperaba en el mismo apartamento, en la calle 63 con la 1ª Avenida. Como iba a ser un coñazo andar por el metro con las maletas, decidimos tomar un taxi. Aparte de lo difícil que es encontrar taxi entre el tráfico infernal del Midtown (la parte media de Manhattan), fue entonces cuando averiguamos que los taxistas de New York son todavía más gilipollas que los de aquí, porque ninguno nos quería llevar, no entendíamos por qué. Pararon unos cuantos, todos hindúes o árabes o negros (lo siento, fue así), pero sólo bajaban la ventanilla y preguntaban adónde íbamos, y cuando yo les decía "a la 63 con la Primera", ni siquiera se molestaban en decirme que no, simplemente volvían a subir la ventanilla y se largaban. La puta hostia, empezamos bien. En eso que, de una lavandería frente a la que nos encontrábamos, salió un dependiente y se dirigió a nosotros, un chavalillo con uniforme y visera, no sé muy bien si mulato o hindú o hispano (estaba yo muy nervioso), mostrándose indignado por lo que nos sucedía. Ésa fue ya la primera muestra de lo que yo llamo "la inesperada amabilidad de los neoyorkinos": el chaval llevaba ya rato viendo cómo todos los taxistas nos daban con la puerta en las narices y, a pesar de la extrema disciplina de los dependientes neoyorkinos (de eso hablaremos luego), no había podido aguantarse más y había salido a intentar ayudarnos. Nos dijo, según creímos entender (nuestro inglés no es muy boyante), más o menos lo siguiente: "La próxima vez entráis directamente en el taxi y una vez dentro le decís al taxista adónde vais, y si os quiere echar del taxi, le tomáis el número de licencia y llamáis a su compañía, y ya veréis cómo entonces sí que os lleva adonde sea". "¿Pero por qué hacen eso?", le preguntamos. "Porque son unos gilipollas", responde, y repite sus instrucciones apresuradamente antes de volver corriendo a la tienda, casi sin darnos tiempo a darle las gracias. Un tío majo.

De todas maneras no íbamos a poder subir a un taxi como si nada con todos los bultos que llevábamos, pues no cabrían en los asientos y habría que ponerlos en el maletero, de modo que el plan era inviable. Así que decidimos seguir andando hacia la 1ª Avenida, suponiendo que sería más fácil que quisieran llevarnos cuanto más cerca estuviéramos del lugar adonde nos dirigíamos. Qué cosa más absurda, ¿verdad? Pues así funciona el tema.

Hace un frío que lo flipas, aunque haga buen día. Y allá vamos, cargados como mulas, hacia el lado Este de Manhattan, avenida tras avenida. Por cierto, una manzana de Manhattan hace como tres de las del Eixample. En el plano, la isla parece poca cosa, se diría que puedes cruzarla en media hora; en la realidad, sus dimensiones son tales que la mayor parte del tiempo no tienes la sensación de estar en una isla, te crees que nunca llegarás a ver la orilla. Manhattan es un monstruo (y no sólo por su extensión).

New York

Llegamos a la 1ª Avenida, justo delante del edificio de las Naciones Unidas, al que no hicimos ni puto caso, y nos detuvimos un momento a ver si aparecía algún taxi... y fijaos qué cosas, no transcurrió un minuto antes de que parase uno y, sin preguntarnos nada, nos abriese el maletero para que pusiéramos los bultos. A pesar de todo lo que habíamos andado, aún nos quedaba un buen trecho hasta el apartamento, así que lo agradecimos en el alma. El conductor era hispano y nos oía hablar en español entre nosotros, pero él nos hablaba en inglés. (Esto no es lo frecuente, sin embargo: a lo largo de nuestra estancia en New York comprobaríamos que mucha gente habla el español, incluso los no hispanos.) El tipo conducía como si estuviera en una persecución, a toda castaña y dando volantazos, y mientras tanto nos hablaba con toda tranquilidad por entre la mampara de plástico que separaba su asiento del nuestro; todo muy americano. En un momento en que pasaron los bomberos con la sirena puesta, nos dijo algo así: "Estos tíos no sé a qué juegan, se pasan el día corriendo con la sirena por toda la isla y ¡¡no hay ningún fuego!! ¡¡Llevo todo el día dando vueltas y no he visto el fuego por ninguna parte, pero a ellos les veo todo el rato!! Yo creo que se aburren". Rosalía y yo nos reímos, aunque no sabíamos muy bien si lo decía en broma o no. (Aún no lo sabemos, pero debo decir que ciertamente vimos a los bomberos pasar un montón de veces en los días que siguieron, y tampoco vimos ningún fuego.)

Al fin llegamos al edificio de apartamentos donde nos hospedaríamos los próximos siete días. Vedlo:

New York
El Típico Edificio de Ladrillo de New York, con su También Típica Escalera de Incendios. Albricias. John nos esperaba en el portal y, tras ayudarnos a subir los bultos (era un quinto sin ascensor y con escaleras muy empinadas) nos enseñó el apartamento, todo un nidito de amor:

New York
Y lo mejor es que, aparte de bonito y cómodo, tiene calefacción. Fantástico. Además, John se había preocupado de dejarnos toallas y botecitos de jabón en el baño, algo de comida en los armarios de cocina y la nevera (conservas, pasta y esas cosas), y hasta velitas para alguna velada romántica. Todo un caballero. Tened en cuenta que se trata de su casa, no un inmueble que él posea como inversión ni nada parecido. Él vive allí mismo; su ropa estaba en el armario y, mientras nosotros ocupásemos la estancia, se iría a dormir a casa de un amigo. A Rosalía y a mí, tanta familiaridad se nos hacía extraña e incluso embarazosa, pero al parecer ocurre a menudo allí, hay mucha gente en New York que alquila su propia vivienda, no sé si en el resto del país también.

Pero hay más: resultó que, por pura casualidad, el bueno de John trabaja en el MOMA, que Rosalía y yo habíamos previsto visitar; y antes de que le pidiéramos nada (tampoco nos habríamos atrevido) se ofreció a incluirnos en la lista de invitados para que entrásemos gratis. A estas alturas ya no podíamos creer en nuestra buena suerte, estábamos en una nube.

Después de darle las gracias como unas quinientas veces (y de pagarle, por supuesto) se marchó y nosotros nos quedamos un rato contemplando arrobados "nuestra casa de New York". Me encantaba el rincón de la butaca junto a las ventanas que dan a la escalera de incendios y a la 1ª Avenida:

New York

New York
(Por cierto, podía haberme tapado la calva con el Photoshop, pero no lo he hecho. ¡¡Para que veáis que sólo os muestro la Verdad!!)

Hay que decir que, según la placa que hay en la fachada del edificio, éste fue construído a finales del siglo XIX, y sin embargo está perfectamente conservado y acondicionado en su interior. Mi casa de BCN puede tener como sesenta o setenta años menos y no está en tan buenas condiciones. Eso sí, la escalera vecinal es algo tétrica y alienante, como mandan los cánones. ¿No os podéis imaginar a un Travis Bickle viviendo tras alguna de esas puertas?:

New York

Y hablando de escaleras, cuando dejamos de fliparlo un poco (pero sólo un poco) decidimos bajar a la calle, a echar un vistazo a aquella parte de la ciudad y luego al súper a por provisiones. Lo más agradable de alojarte en un apartamento, aparte de que te sientes mucho más a tus anchas, es que haces vida de barrio, te ahorras un montón de pasta en comidas o cenas y tienes una auténtica experiencia local, sin la aséptica barrera de la recepción de un hotel.

"Nuestro barrio", un sector indefinido entre el Midtown y el Upper East Side, es bastante tranquilo, y por las noches apenas hay tráfico y se puede dormir bien; pero al mismo tiempo tiene todo tipo de tiendas, restaurantes y bares, así que no nos faltó de nada. Un barrio ideal para nosotros, a medio camino de cualquier sitio pero apartado del bullicio enloquecedor de las demás zonas. Algunas instantáneas:

New York

New York
En la izquierda, dos cosas típicas de New York: una iglesia (las hay hasta debajo de las piedras) y un rascacielos al fondo. En la derecha, el puente de Queensboro, a unas tres manzanas de casa.

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Otras dos cosas típicas de New York: un salón de manicura (los hay también a centenares, no me preguntéis por qué) y bolsas de basura en plena acera (allí no tienen contenedores; en cada acera hay unas marcas blancas que señalan el lugar donde deben depositarse las basuras para su recogida).

John nos había dejado también una lista de supermercados de los alrededores; íbamos siempre al Gristede's, el más cercano de todos, a sólo un par de manzanas. Según John, Gristede's era el súper más cutre, pero a decir verdad tenía absolutamente de todo, no sé qué entendería él por "cutre" (seguro que nunca ha visto un Dia). De los súpers de allí llama la atención, aparte de la inconmensurable variedad de marcas de alimentos de todo tipo, que en el hilo musical no suenan pachangadas estilo Shakira o Jennifer Lopez, que es lo "mejor" que puedes llegar a oír en un súper de aquí, sino clásicos del pop bubblegum de los 60 (más o menos como la música de las pelis de Tarantino). Le dan a uno ganas de llorar de felicidad.

Aunque no todo el mundo parece tan feliz. Las cajeras de los súpers son todas negras, con excepción de alguna asiática, y están siempre muy serias, nunca hacen broma ni hablan a gritos entre ellas como aquí. Lo mencioné antes, los dependientes en general suelen ser extremamente serios y disciplinados, y un tanto amargados, o dan esa impresión. Sólo hablándoles con mucha amabilidad logras arrancarles una sonrisa; deduzco que la mayoría de gente no lo hace. Y los reponedores de los súpers son todos también negros, pero cincuentones y obesos, y con cara de cansancio infinito. Al pasar te saludan con resignada cortesía. No miran a los ojos, bajan la cabeza.

Otra cosa chocante es que los neoyorkinos, supongo que los norteamericanos en general, compran sus medicinas en los súpers. No llegamos a ver ni una sola farmacia; no hacen falta, porque cualquier súper tiene varias estanterías atiborradas de medicinas. Para comprar algo que requiere receta, hay que entregársela a la cajera del súper.

New York

Tras volver a casa con la compra decidimos que esa noche cenaremos fuera para celebrar la llegada. Nos arreglamos y bajamos a un restaurante hindú, a unos veinte metros de nuestro edificio; un local todo de madera y en penumbra, con las únicas luces de las velas en las mesas, muy exótico. La comida tiene demasiado picante para mi gusto, pero me sienta bien, sobretodo la sopa caliente. Un camarero hindú se interesa por nosotros, de dónde venimos y todo eso; esboza una sonrisa de complicidad al saber que vivimos en BCN. "¡¡Ah, Barcelona!!", dice. Supongo que debe hacer lo mismo cada vez que atiende a un turista, pero lo cierto es que en días sucesivos comprobaremos que en New York casi todo el mundo conoce BCN, casi todos han estado aquí o quieren venir alguna vez o conocen a alguien que ha venido. Luego, al pedir la cuenta, nos topamos por vez primera con el espinoso asunto de las propinas, las puñeteras propinas de New York. (Espinoso para nosotros, por supuesto; los neoyorkinos lo tienen muy asumido.) Se estima un quince por ciento del importe; afortunadamente, en la guía Trotamundos que llevamos encima sale una tabla con el cálculo de las propinas correspondientes a cada cantidad que te puedas gastar. Sin embargo, como no pagamos en efectivo sino con tarjeta, no sabemos cómo se van a cobrar la propina. Se lo preguntamos al camarero: nos explica que primero pasan la tarjeta y después, cuando te traen el comprobante de la transacción para que lo firmes, debes anotar en él la propina que vas a dejar; mientras tanto, el datáfono ha guardado tus datos para cobrar el total, importe y propina, al devolverles el comprobante firmado. Un poco retorcido, ¿no? ¿Por qué no incluyen el quince por ciento de propina directamente en la cuenta y nos ahorramos ceremonias? En fin, debo decir que esto de las propinas no nos gustó nada y los últimos días estábamos ya bastante hartos de ello. Yo dejo propinas en España, pero cuando yo quiero; no me gusta tener que hacerlo por obligación.

Antes de subir a casa compramos el New York Times del ya extinto viernes, afortunadamente aún quedan ejemplares, pues sabemos que los viernes viene con un prestigioso suplemento cultural con una agenda de conciertos y exposiciones y demás. Lo compramos en uno de los tres o cuatro stores que hay en nuestro mismo tramo de calle, los típicos chiringuitos con rótulos luminosos y abiertos las veinticuatro horas (otro topicazo muy cierto) que hacen las veces de minisupermercados de urgencia, pues en ellos puedes encontrar toda clase de alimentos, lógicamente no en tantísima cantidad como en los súpers de verdad, pero suficiente para sacarte de un apuro a las cuatro o cinco de la madrugada. Con dinero, en New York nunca te faltará de nada en ningún momento del día. Con dinero.

Y nos vamos a dormir, que estamos cansados del vuelo y la caminata, y mañana hemos de andar más todavía. To be continued, nens.

(Imágenes por HenryKiller.)

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